Efecto Pigmalión: Origen, qué es y ejemplos

A menudo hablamos de la importante influencia que nuestras creencias y pensamientos sobre nuestras capacidades tienen sobre lo que hacemos. Ahora bien, ¿cómo influyen las creencias y pensamientos de otras personas hacia nuestras capacidades sobre lo que hacemos, y sobre lo que somos? A esta pregunta da respuesta el denominado efecto Pigmalión.

El origen del efecto Pigmalión

Antes de entrar en materia, vamos a comenzar explicando de dónde viene el nombre de este efecto, de manera que podamos entender mejor a qué se refiere.

El efecto Pigmalión debe su nombre a una leyenda relatada por Ovidio, en la que su protagonista era el rey Pigmalión. Este rey afirmó que no se enamoraría de ninguna persona que no fuera perfecta. Como es evidente, esta búsqueda causaba mucha frustración a Pigmalión, pues no daba con una mujer que cumpliera tal requisito. Por ello, tomó la decisión de dejar la búsqueda y de comenzar a crear esculturas de mujeres.

Una de estas esculturas se convirtió en su mejor obra, con una belleza tan perfecta que Pigmalión acabó enamorándose de ella, llamándola Galatea. Comenzó a actuar con esta escultura como si la mujer fuera real, colmándola de atención, mimo y cariño. Tanta fue su dedicación con la escultura que, al final, esta se convirtió en una mujer de carne y hueso.

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Qué es el efecto Pigmalión

Una vez vista la historia, podemos definir el efecto Pigmalión como la influencia que tienen las creencias de otras personas sobre nuestras propias capacidades y sobre lo que podemos o no lograr.

Es decir, el hecho de que otras personas me vean como una persona capaz de hacer algo, hará más probable que yo acabe siendo capaz de hacerlo. Y lo mismo ocurriría de manera contraria. Así, este efecto explica cómo las expectativas que otras personas depositan en mí acaban siendo integradas y cumplidas por mí, para bien o para mal.

Efecto Pigmalión o profecía autocumplida

Al efecto Pigmalión también se le conoce con el nombre de “profecía autocumplida”, en el sentido de que, cuando otras personas tienen una previsión de cómo vamos a actuar, de qué vamos a conseguir, o de cómo somos, es probable que estas previsiones o expectativas se acaben cumpliendo o confirmando.

Y, ¿por qué pasa esto? La imagen que yo tengo de mí está muy influida por la forma en la que otras personas me miren. Nos miramos, vemos, sentimos, y creemos en función de cómo otras personas nos miren, vean, sientan o piensen de nosotras.

Además del hecho de lo que las creencias ajenas tiene un gran impacto en las nuestras propias y en nuestra autoestima en general, al Efecto Pigmalión también se le llama profecía autocumplida porque, cuando otras personas creen de mí x cosas, va a hacer más fácil que yo me comporte de acuerdo a esta forma en la que me están tratando.

Por ejemplo, si a lo largo de mi vida me dicen que soy vaga (aunque realmente pueda no serlo y haber mil explicaciones detrás de lo que no hago), al final, confirmando su teoría de forma inconsciente, me acabaré convirtiendo en una persona vaga… ¡Es lo que he aprendido que soy! Además, si crees que no puedo, ¿para qué me voy a esforzar?

Ejemplos de efecto Pigmalión

Para entender mejor todo esto, vamos a ver algún ejemplo de cómo el efecto Pigmalión tiene lugar.

En la escuela

La escuela es uno de los lugares en los que más claramente podemos ver la influencia del efecto Pigmalión. Esto tiene que ver con lo que comentaremos en el último apartado del artículo cuando hablemos del efecto en niños/as.

Este es el lugar en el que vamos desarrollando nuestra identidad y personalidad. Así, nuestras experiencias en esta van moldeando lo que somos. Imagina que llega una profesora nueva a una clase y otros profes le informan de quiénes son “buenos alumnos/as” y “malos alumnos/as”.

Esta distinción tan polarizada va a influir más de lo que parece en la forma en la que la profesora se comporte con su clase, porque ya ha creado unas expectativas sobre unos y otros. Probablemente, la profe preste más atención, exija más, o ponga tareas más complicadas a los/as “mejores alumnos/as”. De este modo que se esforzarán más, aprenderán más, se motivarán más, y se seguirá cumpliendo la profecía.

En casa

Veamos un ejemplo de cómo el efecto Pigmalión puede actuar en positivo. Imagina a una persona relativamente miedosa, a la que le genera nervios y tensión, por ejemplo, montar en bici. Si mis padres confían en que puedo lograrlo, probablemente me ayudarán a hacerlo, depositarán esa expectativa en mí, y, más fácilmente, yo acabe montando en bici, y no quedándome atrapada en el hecho de “ser miedosa”, sino en la creencia de “si me dicen que puedo, entonces será que puedo. Este ambiente también será más favorable para desarrollar una alta autoestima.

En el trabajo

En el área laboral también podemos ver ejemplos del efecto Pigmalión. Si mis superiores me ven como una persona capaz, con talento, y con amplias posibilidades de mejora, entonces será más probable que yo acabe confirmando sus expectativas. Me darán más tareas en las que poder expandir mis capacidades, me cederán más responsabilidades y, así, más posibilidades para crecer. Al final, interiorizo la confianza que depositan en mí y la idea de que “soy buena en mi trabajo”. Estas expectativas que tenían sobre mí acabarán influyendo en la visión que tengo de mí y, también, en mis resultados.

Efecto Pigmalión en niños

El efecto Pigmalión se comenzó a investigar en la escuela, con un experimento llamado “Pigmalión en el aula”, llevado a cabo por Rosenthal y Jacobson. En este experimento, se informaba al profesorado de una escuela acerca de los resultados que el alumnado había obtenido haciendo un test de inteligencia (un test ficticio, pues realmente no se hizo).

Así, se informó de que algunos/as alumnos/as habían obtenido mejores notas (siendo esto totalmente ficticio y aleatorio), y de que serían los/as que tuvieran mejores resultados al finalizar el curso, y viceversa en el caso contrario. Pues bien, el experimento demostró que, ese grupo de “mejores alumnos/as” tuvo, finalmente, mejores resultados en el curso.

La infancia representa un momento muy vulnerable y permeable a las influencias del entorno. Nuestra identidad aún está en desarrollo, nuestra plasticidad cerebral está en su momento álgido, y nuestros recursos no son los suficientes como para discernir si lo que dicen de mí es verdad o es erróneo. Así, somos muy permeables y moldeables a lo que piensen, crean, y digan que somos.

Las expectativas que generamos respecto de los peques influyen enormemente en cómo se ven, en lo que hacen, y en lo que, finalmente, son.

De esta manera, es esencial cuidar mucho nuestras creencias y fijarnos en qué expectativas estamos depositando en los/as niños/as que tenemos a nuestro alrededor, pues, aunque creamos que no, están teniendo un impacto enorme en su desarrollo. Y, lo mismo ocurre con las etiquetas que utilizamos con ellos/as… ¡ojo con ellas! Los “eres” que escuchamos desde fuera acaban, con mucha probabilidad, siendo interiorizados como “soy” (por ejemplo, “ser la niña buena” de la familia también es una etiqueta con mucho impacto).

Lo que esperamos de los niños/as (incluso aunque no se lo digamos de forma directa) moldea su escultura interna, tal y como ocurrió con Pigmalión y Galatea. Potenciar la autoestima infantil es primordial. Por ello, trata de pensar, creer, y trasladar a los/as peques lo importantes, capaces, e increíbles que son, pues esa es la mirada que necesitan (y merecen) para verse, creerse y sentirse como tales.

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Psicóloga especializada en bienestar emocional con perspectiva integradora, aunando la rama cognitivo conductual junto con la que considera base de su perfil profesional: las Terapias de tercera generación.

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